Escuchaba, allá a lo lejos, el sonido envolvente de un cuenco tibetano.
Intenso.
Suspendido en el tiempo.
Rayaba el alba, pero Aparicio era de la vieja escuela. Llevaba tatuado en el alma el mismo mantra: “a quien madruga, Dios le ayuda”. Y, en efecto, sabía que algún día lo lograría.
Y ése, era éste.
Con los aparejos de escalada a punto, se dispuso a desafiar al Tíbet. Aparicio era muy consciente de los riesgos que entrañaba cumplir su sueño: descubrir el Secreto de la Vida.
Muy entusiasta del tema y con aval de su espíritu aventurero, piolet en mano, así clavaba la punta a cada tramo de roca, desprendiéndose cualquier atisbo de duda y miedo, aunque el ascenso iba haciéndose cada vez más arduo. La presión menguaba en cada célula. Hasta el aire le pareció ya un recuerdo remoto…
Pero la vio. Vio la atalaya, donde según estudios, expediciones y testimonios, se hallaba protegido, a pesar de los siglos y avatares de la humanidad, tal secreto… que pocos tuvieron la fortuna de contar, salvo en apócrifos.
De pronto, una Voz:
«Lo que es afuera, es adentro».
De su pecho, emergió una esfera de luz intensa.
Ése, era éste.
















